LA GRAN SUPERSTICIÓN



La Modernidad como categoría histórica se caracteriza por el nacimiento del Estado tal y como hoy lo concebimos. Para la mayoría, se trata del resultado de un gran contrato social que permite orientar el poder hacia el bien común.

Muy bonito si fuese así de simple.

La realidad, que suele ser más mostrenca que las teorías de salón, es que tenemos un leviatán que pende sobre nuestras cabezas y al que debemos sumisión e incluso adoración. Fascista el que no lo haga.

Un demonio insaciable de poder nos está robando ya hasta la dignidad. Legalmente, claro. Porque, ¿quién denuncia al que promulga las leyes?

Tengo para mí que cuando se fijó, digamos en una constitución, mi dignidad como persona, empecé entonces a estar bajo su bota. Hay derechos fundamentales que forman parte de la esencia del ser humano, por ley natural, y que no precisan de ser recogidos por ningún código para que me los "conceda" un Estado.

No, señor.

Cuando fijan mi dignidad personal en un código legal, pasa a estar automáticamente regulada y bajo supervisión de alguien. Y nadie puede restringirla. Ni lo más mínimo. 

¿Quién puede detentar la autoridad para cuestionar mi dignidad como ser humano? El Estado, responden los histéricos de la seguridad. Y los chinos y norcoreanos, claro.

La gran superchería, la gran superstición que inexorablemente ha desembocado siempre en los totalitarismos es, precisamente, ésta: creer que el Estado nos evitará el sufrimiento, la enfermedad, el dolor.

Tiempos de idolatría: progreso, bienestar, ciencia, libertad, igualdad, fraternidad... Y a la guillotina los insolidarios.

Ya oigo al pueblo entonar la marsellesa, antorchas en mano, en busca de anti
vax
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